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La Córdoba de Amodeo Ruiz Olmos : paseo por el tiempo y el espacio

Un cuarto de siglo se cumple ahora de la muerte en Madrid de Amadeo Ruiz Olmos (1913-1993), escultor de origen valenciano que durante muchos años tuvo abierto estudio en Córdoba, concretamente en la plaza del Profesor López Neyra. Artista de sólida formación, que pasó en sus años de juventud por las Academias de Valencia y de Santa Isabel de Hungría de Sevilla, tuvo en sus inicios mucha labor en el ámbito de la imaginería religiosa, pero en su edad madura brilló como maestro indudable de la estatuaria pública.
De hecho, se puede considerar que las calles de Córdoba, ciudad de rico patrimonio pero escasos y a menudo anticuados museos, son una extensión museística de su legado. Y eso es así porque sus obras están repartidas por buena parte de la urbe y permiten realizar un paseo muy artístico que

supone no sólo un viaje por la geografía urbana sino también otro por la historia milenaria cordobesa y por algunos se sus referentes más ancestrales. Viaje doble pues, por el tiempo y por el espacio, que permite ver con ojos distintos lo que ya ni siquiera se percibe al volverse cotidiano.
También conocer el legado de un escultor que llegó a la ciudad huyendo de los desmanes de la Guerra Civil y que aquí vivió luego sus años más inspirados como artista y también como profesor de la Escuela Superior de Artes y Oficios Mateo Inurria.
En un sitio de paz extrema y silencios hondos puede comenzar este itinerario. Concretamente en el Cementerio de la Salud, donde se encuentra el extraordinario Mausoleo de Manolete que esculpió Ruiz Olmos a inicios de los años 50. Mármol blanco de Carrara con el que dibujó el escultor para la eternidad a un Manolete yaciente, de manos entrelazadas, ojos cerrados y rictus sereno. Un crucificado lo contempla y también una Dolorosa en bajorrelieve, lo que acaba por componer un conjunto a la altura del torero por antonomasia. Ahí yace Manolete desde octubre del año 51, cuando lo trasladaron desde el panteón provisional de los Sánchez de Puerta.
Cordobesísimo rincón, del que se puede pasar tras moderada caminata al Puente de San Rafael y al Triunfo que allí hay y que quizá sea una de las obras más conocidas del escultor valenciano. El Arcángel, desde lo alto, contempla a turistas y vehículos desde los años 50 y se suma así a la larga nómina de esculturas públicas que conmemoran al Arcángel por toda la ciudad y desde varios siglos atrás. Contó Ruiz Olmos en este proyecto con la ayuda del arquitecto José Rebollo Dicenta, encargado del diseño general de esta iniciativa con la que Córdoba adornaba el que vino a conocer en el foro público con el nombre de Puente Nuevo. Modernidad en suma para aquella época aunque ahora tenga ese aroma de lo clásico.

 

Estatuas hermanas en la Judería
Tras estos dos primeros pasos, lo mejor para conocer la obra pública de Amadeo Ruiz Olmos es encaminar los pasos hacia la Judería, porque es allí donde existen más testimonios de su fructífera labor. En primer lugar en la Mezquita. Por ejemplo, en la lápida del obispo Fray Albino, que Amadeo Ruiz Olmos elaboró. Y posteriormente en las cuatro esculturas hermanadas, todas en bronce y sobre piedra, que Ruiz Olmos firmó en la década de los 60, cuando ya andaba en la cincuentena y en su madurez creativa y humana.
En la Puerta de Sevilla se encuentra el de Ibn Hazam, que fue de las cuatro la primera que se instaló, en 1963. Quizá sea por ello la más hierática del grupo, con el poeta y pensador hispanoárabe erguido y con la mirada en el horizonte inescrutable. Y no demasiado lejos de allí se encuentra la siguiente que realizó el artista valenciano, la que homenajea al gran pensador judío Maimónides. Situada en la plaza de Tiberiades, al lado de la calle Judíos, muestra al personaje sentado, con barba madura y mirada concentrada en sus asuntos. Las babuchas, por cierto, siempre brillantes, quizá porque dice la leyenda callejera que si las frotas se te inocula la sabiduría del gran pensador judío.
A breves pasos se encuentran por último las otras dos piezas que completan este póquer escultórico. En la Puerta de Almodóvar, la de Séneca, que nos muestra al pensador romano delgado y en su época de madurez, quizá en el regreso de su exilio bajo el terror de Calígula y antes de que llegase sus años de gloria y tragedia con el incendiario Nerón. Y ya en la Plaza de Trinidad, la que recuerda a don Luis de Góngora y Argote, una obra de finales de los 60 y de una complejidad conceptual y expresiva mucho más elevada que la primera de Ibn Hazam. Serio y con algo como cansado en la mirada, el autor de «Polífemo y Galatea» contempla desde el 67 este rincón cordobés y, ya en nuestros días, a la chavalería alborotada que sale por las puertas de la Escuela de Arte.