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El Campo del Marrubial

Esta zona de Córdoba, situada al este de la ciudad, hoy en día está de actualidad por ser objeto de una intensa remodelación urbanística por parte de la Consejería de Fomento y Vivienda de la Junta de Andalucía y del actual equipo de gobierno. En otros tiempos, era una inmensa explanada o campo despoblado surcado por un par de arroyos. Lindaba, y aún linda, con las murallas almorávides que los moros levantaron el siglo XII con tapial, para defender la zona más oriental de Córdoba, a la que llamamos Axerquía.
De este adarve sobrevive un buen trozo de trazado rectilíneo que muere en la iglesia y convento de los Trinitarios, y en cuyo discurrir se levantan, separados entre si por una treintena de metros, unos torreones de sección cuadrangular. En ese lienzo de muralla se situaba la llamada puerta de

Plasencia, ubicaba al inicio de la calle Mayor de San Lorenzo, en el lugar que hoy ocupa un pequeño jardín. Como tantas otras de Córdoba, la puerta desapareció durante el transcurso del siglo XIX bajo una pretendida visión de modernidad, y sólo queda su recuerdo en viejos grabados.
Con el paso de los años, y tras la expansión urbanística que sufre Córdoba a partir de los años cincuenta del pasado siglo, este lugar extramuros se convierte en un importante núcleo habitacional de la ciudad, con multitud de bloques de edificios, zonas de comercios y un gran cuartel, Lepanto, al que apodaron «La Legión Chica», desde donde muchos cordobeses partieron para la guerra de Sidi Ifni en los años sesenta. No hace mucho tiempo que el cuartel ha quedado convertido en Biblioteca Municipal y sus explanadas, donde antaño los reclutas hacían la instrucción, en un amplio jardín de uso ciudadano.
Pero lo que quizás no sepan buena parte de los habitantes de aquel Campo del Marrubial es de dónde viene ese curioso nombre. Procede de una planta, el Marrubio, también llamado Toronjil o Malva Rubia, que es un especie aromática y medicinal utilizada en Córdoba desde tiempo inmemorial como remedio para dolencias intestinales, planta que también crecía por doquier en la macetas y arriates de nuestros patios, pues el acopio de este tipo de remedios caseros era una necesidad en aquellos tiempos de carestía.
Por desgracia, el Campo del Marrubial también tiene su historia negra, y de este modo, a partir del siglo XV mudó su nombre y pasó a denominarse el «Quemadero de Córdoba», pues fue el escenario elegido por la Inquisición y la justicia real para quemar a los herejes y apóstatas condenados en los tristemente famosos autos de fe. Imposible calcular cuantas personas allí murieron abrasadas, atadas a postes de madera en cuya base los verdugos preparaban el brasero mortal con trama y leños traídos el día anterior.
Lo que sí conocemos es que entre las decenas de autos de fe que aquí tuvieron lugar, destaca sin duda, por su salvajismo y crueldad, el que tuvo lugar el 22 de diciembre de 1504, donde fueron arrojadas a la hoguera, a instancias del inquisidor Lucero, 107 personas, hombres y mujeres, todas ellas acusadas de judaizantes por acudir a la llamada Casa de las Cabezas a escuchar sermones de la Ley de Moisés. En este edificio, su dueño, el jurado Juan de Córdoba, había instalado uno sinagoga oculta y su sobrino, el bachiller Menbreque, predicaba la pronta venía del profeta Elías y cómo los judíos retornarían a la tierra prometida.
A tan macabros espectáculos acudía el pueblo y las autoridades, estas últimas, a veces, en palcos instalados sobre la misma puerta de Plasencia con el fin de ofrecerle a corregidores, caballeros veinticuatros y demás prebostes de la ciudad de Córdoba una mejor perspectiva de las ejecuciones.
Dicen que la carne humana al quemarse huele lo mismo que la de un cerdo mientras se realiza la matanza, por lo que para mitigar ese terrible tufo generado por las piras que se producía en las terribles ejecuciones, los verdugos procederían a echar ramos del Marrubio que allí crecía en las ascuas de los braseros.
Es por todas estas circunstancias por las que no estaría de más que durante esta intervención urbanística se proyectase algún tipo de jardín, dándole cierto carácter histórico, en el cual sea protagonista una planta; el Marrubio.