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La casa de los siete infantes de Lara (II)

Una carreta viene del camino del Norte, de la Sierra; porta un rico botín para el deleite de Almanzor. En esta ocasión, el gran cofre no va cargado de oro ni de plata, sino de siete cabezas, las de los Siete Infantes de Lara; perdón son ocho, pues en el lote también va la del su valeroso ayo, Nuño Salido, que corrió la misma suerte que aquellos en los campos de Arabiana. Los cuerpos de los Infantes yacen en el monasterio de Yuso, en San Millán de la Cogolla, las cabezas dicen que en Salas, pero lo que es seguro es que en Córdoba mantenemos el alma en vilo y nos estremecemos cada vez que paseamos p6r la calle de las Cabezas y recordamos aquella vieja historia de muerte y venganzas. En esta calle existe una casa, también nombrada

desde antiguo «de las Cabezas». El cronista Ambrosio de Morales nos la sitúa: «En Córdoba hay hasta agora una casa que llaman de las Cabezas, cerca de la del marqués del Carpio, y dicen tomó este nombre por dos arquillos que allí se ven todavía, sobre que se pusieron las cabezas de los infantes. Agora todo aquello está labrado de nuevo, mas siendo yo pequeño, edificio había allí antiguo morisco, harto rico, y decían haber sido allí la prisión y cárcel donde Gonzalo Gustioz estuvo». Es en esta Casa, y en la calleja adyacente, llamada de los Arquillos, donde tiene lugar la parte más trágica de esta historia, pues Gonzalo Gustioz nada conocía sobre la suerte de sus hijos. Almanzor se compadeció del noble castellano y no le cortó la cabeza, como le rógaba Ruy Velázquez en su carta, sino que se limitó a ponerlo preso en aquella vivienda, en otro tiempo Alcázar del caudillo, según la tradición. Pero el noble ni mucho menos estaba cargado de cadenas, simplemente retenido y bien cuidado, pues de ello se ocupaba nada más y nada menos que la misma hermana de Almanzor, la princesa Aixa, le llamaban. Así pasaban los días en aquella casa, que aún no tendría nombre propio conocido, hasta esa misma tarde, en la que la presencia de Almanzor y sus macabros trofeos grabarían a fuego esta Leyenda en este rincón de Córdoba. El propósito de esta visita es pedirle a Gonzalo que le ayude a identificar las personas derrotadas, pues eran gente muy principal de Castilla. Gonzalo se ofrece y es en este momento, cuando saca la primera cabeza del cofre y le limpia la sangre seca que ensuciaba el rostro, donde se produce el gran lamento fúnebre del señor de Salas que nos han transmitido los juglares, los poetas y hasta el mismo Duque de Rivas, en su obra el Moro Expósito en estos desgarradores decasílabos:
«(Gonzalo) gira y pasea los ojos, cual los ojos de un espectro, por una y otra de las siete prendas. Sonrisa amarga agita un breve instante sus labios sin color, y en tanto queman sus mejillas dos lágrimas, y luego los tiernos hijos a nombrar comienza, los ojos enclavando en el que nombra, y esperando tal vez, ¡ay! su respuesta: "¡Diego!... ¡Martín!... ¡Fernando!... ¡Suero!.../ ¡Enrico!... ¡Veremundo!... ¡Gonzalo!. y cuando llega a este nombre, dos veces lo repite; y recobrando esfuerzo y vida nueva, entrambas manos trémulas extiende y agarra de Gonzalo la cabeza y la alza; pero al verla sin el cuerpo, un grito arroja, y súbito la suelta, cual si hecha de encendido hierro fuese. Empero torna a asirla, se la lleva a los labios y un beso en la insensible mejilla imprime... La frialdad horrenda, la ascosa fetidez sufrir no pudo, y como cuerpo muerto cayó en tierra. Aquel resto infeliz del hijo suyo cayó sobre su pecho y desde él rueda por la alfombra, dejando sucio rastro de sangre helada, corrompida y negra»
Nos dice la tradición que a continuación las cabezas fueron expuestas en el callejón adyacente a la Casa, la Calleja de los Arquillos, cuyo nombre hace referencia a los siete arcos de los que dispone, y donde la imaginación popular sitúa los miembros mutilados de los Infantes. Y debe ser esto una leyenda y tradición venerada en Córdoba desde muy antiguo, quizás desde aquel mismo año de 973. Seguramente la tradición pasó de la Córdoba musulmana a la cristiana cuando es conquistada en 1236. Así parecen atestiguarlo ciertos documentos muy tempranos que ya nombran la calle con el nombre de las Cabezas. Esto en sí ya es una particularidad, porque por aquellos años, los documentos suelen referirse a todas las calles de una manera genérica, nombrándolas simplemente como «calles de Rey». Ésta, empero, sin embargo, desde los inicios figura con su propio y evocador nombre propio. Pero la fuerza de la tradición se puso de manifiesto igualmente en el hecho de que algunos de los habitantes de la calle y de la Casa adoptaron el sobrenombre «de las Cabezas». El más antiguo, en los años 50 de aquella primera centuria tras la conquista, fue un alto dignatario eclesiástico, el arcediano de Pedroche don Ivañez, que terminó llamándose don Ivañez de las Cabezas. Como aquel, hubo otros muchos, hasta que a finales del 1400 vivió en la casa el jurado Juan de Córdoba, al que precisamente se le conocía como «Juan de Córdoba de las Cabezas», o el «Jurado de las Cabezas». Pero la de este personaje, es otra historia ¿Cómo terminó toda la historia de los Infantes? Gonzalo Gustioz tuvo un hijo con la princesa Aixa a quien llamaron Mudarra, que en árabe significa, «vengador». Al poco tiempo, Gonzalo quedó en libertad y volvió a su tierra, donde permaneció largos años subyugado por su cuñado Ruy Velázquez y su esposa doña Lambra. No obstante, antes de partir, dejó a la hermana de Almanzor medio anillo, manifestándole que él conservaría la otra mitad y que algún día esperaba que su hijo volviese a su encuentro a vengarlo. Así sucedió finalmente; Mudarra creció en la Corte, pero cuando tuvo mayoría de Edad y conoció el triste fin de sus hermanos, acudió en busca de su padre presentándole el anillo. Mató primero a Ruy Velázquez y posteriormente pegó fuego al Castillo de doña Lambra con ella dentro. ¿Que ocurrió con las cabezas? Según la tradición, Gonzalo Gustioz llevó consigo los despojos de sus hijos a su ciudad, Salas de los Infantes, donde aún hoy permanecen en una arqueta depositada en la Iglesia de Santa María. Solamente llamar la atención de que en Córdoba existía una huerta llamada precisamente «de las Cabezas», en años inmediatos posteriores a la Reconquista, quizás porque allí fue el lugar donde quedaron sepultadas inicialmente ¿Quién sabe?