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La casa de los siete infantes de Lara (I)

Para acercarnos a la historia y leyenda de los Siete Infantes de Lara, de tanta fama en Córdoba, es preciso viajar en el tiempo diez siglos, concretamente al ario 973, en el que cierto día, Almanzor, primer ministro de califa y caudillo de los ejércitos musulmanes, recibe la noticia de que ha llegado a la ciudad un embajador de Castilla, un noble castellano de nombre Gonzalo Gustioz, señor de Lara, que es portador de cierta carta. Tras unos días de espera, el caudillo acepta recibir al noble castellano, recepción que pudo realizarse en el Alcázar o, ¿ por qué no?, en Madinat al- Zahira, fabulosa ciudad erigida por orden de Almanzor y de la que no conservamos ni el recuerdo de su ubicación (se especula con el meandro de El Arenal). Tras las oportunas presentaciones, don Gonzalo hace entrega de la carta, cuyo contenido por cierto ignora, al estar escrita en árabe; pero aquello no

le preocupa, dado que quien la ha redactado es su cuñado, el noble Ruy Velázquez, hermano de su esposa doña Sancha. Pero el señor de Salas, al ver el cómo se transmuta el rostro de Almanzor cuando lee la misiva, se percata de que ha sido engañado, y que el asunto que le ha llevado a la corte enemiga nada tiene que ver con lo que le había contado su cuñado, que era el de solicitar regalos por la reciente boda de aquel Ruy Velázquez con la noble dama doña Lambra. En efecto, en la carta se le rogaba
a Almanzor que cortase la cabeza a su portador, y que sus hijos, los Siete Infantes de Lara, los caballeros más valerosos de Castilla, estarían en los campos de Arabiana en una fecha concreta, ofreciéndole del mismo modo sus cabezas. Al poco tiempo de haberse amañado tan ignominiosa traición, los juglares cantaron los siguiente versos: «Qué gran día para los castellanos aquel en que se ganó Calatrava la Vieja! Y ¡qué bien peleó en aquella ocasión Ruy Velázquez, el noble caballero! Siempre dando las heridas primeras, siempre adelantado en la haz. Y con trescientos hombres que llevaba, mató a más de cinco mil moros. ¡Ojalá hubiera muerto aquel día! Su nombre hubiera pasado limpio y glorioso al recuerdo de los castellanos y no sería maldecido. Su cuerpo yacería bajo rico enterramiento y no bajo carretadas de piedras arrojadas por los caminantes. Y no hubiera tramado gran traición contra sus sobrinos, los Siete Infantes de Lara». ¿Cuál fue el detonante de todo este complot? Todo acontece en Burgos, durante la celebración de la boda de Ruy Velázquez con doña Lambra. Uno de los entretenimientos favoritos en aquellos tiempos era el llamado juego de tablas, un entarimado de madera donde los jóvenes caballeros mostraban su habilidad y destreza en manejo de caballos y armas. En ese juego, Gonzalillo, el menor de los Lara, mató accidentalmente al primo de la novia, lo que dio al traste con toda la celebración. Doña Lambra no pasó por alto éste incidente, sino que comenzó a tramar venganza. Ideó con su fiel criado como insultar al tal Gonzalo, y para ello, rellenaron un pepino de sangre y, en cierta fiesta, el lacayo lo lanzó al pequeño de los Lara, manchándolo de rojo. Éste, ante semejante ofensa, desenvainó su espada y dio muerte al criado, que había ido a refugiarse en el refajo de su señora. Estos son de forma resumida los acontecimientos que dieron lugar a uno de los cantares de gesta más importantes de la lengua castellana¡, junto con el Poema de Mío Cid, tradición asentado en la epidermis cordobesa como ninguna otra. Mientras Gonzalo Gustioz permanece retenido en Córdoba, en la Casa de las Cabezas, sus hijos, los Siete Infantes de Lara, se dirigen con el ejército de su tío, Ruy Velázquez, a una razzia contra los moros en el lugar llamado Campos de Arabiana. De ellos cuida su querido ayo, Nuño Salido, que ve mal agüero en la expedición en unos pájaros negros que le sobrevuelan, y motivos no" le faltaban, pues descubre tan grande traición y galopa presto a avisar a los de Lara, pero no le da tiempo, es asesinado antes. Al llegar al sitio convenido, con el ejército musulmán al frente, los Infantes se dirigen como fieras a luchar contra los sables curvos, pero enseguida se dan cuenta de que han sido abandonados a su suerte por su tío; se encuentran solos y rodeados; mandoble va y mandoble viene; comienzan las primeras heridas, pero los Infantes resisten y ello admira al capitán moro Galbe, que incluso les da tregua, los invita a su tienda y les da de beber. El descanso dura poco, y esta vez sí, los Infantes comienzan a desfallecer; las flechas, espadas y dagas comienzan a calar, no solo la malla, sino también la carne de los de Lara. El resultado es esperado; allí yacen inertes los Infantes, mejor dicho, sólo sus cuerpos, porque sus almas ya están en el cielo y sus cabezas han sido seccionadas para enviarlas a Córdoba cual trofeo. ¿Dónde estaba aquel campo de Arabiana? Unos dicen que en Soria, otros mantienen que con el mismo nombre existía un pago o término cerca del Castillo del Vacar, y que allí se pudo producir la batalla También se especula con que cerca de la Virgen de Linares, hasta no hace muchos arios, junto al camino, existían siete montones de piedra que se habían formado a través de los siglos debido a la costumbre de los caminantes, que debían arrojar una piedra en el lugar donde había ocurrido una muerte violenta.